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Detrás de acaparadores, revendedores y coleros…

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Detrás de acaparadores, revendedores y coleros…

No escampa el debate público en torno a los acaparadores, revendedores y coleros por toda Cuba. En redes f0174921sociales, periódicos en internet y programas televisivos, son múltiples las experiencias expuestas...

Una, entonces, llega a preguntarse: ¿quién se beneficia más de las aguas turbias movidas por estas personas en un contexto de crisis económica aún mayor? ¿A dónde van a parar, en forma de «ganancia», los desencantos generados entre la población por esta situación? ¿Son las circunstancias que vivimos hechos desconectados del escenario de guerra mediática que enfrenta Cuba por hace más de seis décadas?

Al leer las opiniones que, para mi asombro y preocupación, defienden un fenómeno tan lesivo como el que provocan los coleros y revendedores, encontré algunas respuestas.

Muchos de esos comentarios están construidos sobre la base de atacar y generar mayor inconformidad entre la ciudadanía afectada, esa que no puede acceder a compras esenciales, debido al «monopolio» de las colas y que luego debe recurrir a la adquisición en el mercado negro, a precios superinflados.

Al leerlos, es fácil percatarse de que las palabras de defensa resultan maquillaje extravagante para ocultar sus verdaderas intenciones: evidenciar una aparente desconexión entre los especuladores y los enemigos del pueblo.

Cuando el gobierno cubano decidió buscar soluciones en los escenarios virtuales con el comercio electrónico, para vender los productos básicos y no detener la economía nacional, fue duramente criticado por quienes, por lo general, al menos en redes sociales, «parecen» preocuparse mucho por los trabajadores y los que no tienen acceso a internet.

Sin embargo, son esos mismos «preocupados» quienes defienden ahora a los que revenden productos de primera necesidad en Revolico, grupos de Whatsapp, páginas de Facebook y otras plataformas.

Esos, cínicamente, reprochan los precios de las tiendas estatales porque supuestamente son injustos, mientras estimulan el comercio ilegal que mercantiliza los mismos productos al triple de su valor.

Tienen el descaro, incluso, de quejarse por el desabastecimiento en las tiendas, de asumir papeles de víctimas, ridiculizar nuestros esfuerzos y presentarse como la voz de los necesitados. Aunque, esta vez, sus «necesitados» son los pobres acaparadores, revendedores y coleros que ahora verán afectadas sus ganancias a partir de la denuncia, a gran escala, de sus pillerías.

Pero no hablan de la persecución financiera promovida por el bloqueo de Estados Unidos, que impide la entrada de mercancías a Cuba, que no permite exportar nuestras potencialidades, que frustra los créditos y busca cortar el suministro de combustible y elevar los precios.

Está claro, aun cuando en Cuba por lo general los momentos de crisis han estado acompañados de la aparición de este tipo de personajes, su acción tiene un saldo no solo económico, sino también comunicológico, en tanto sirven a la maquinaria de fango, siempre engrasada y lista para usar todo aquello que pueda servir para erosionar las bases de la Revolución.

Por eso, por mucho que los «operadores» de esa industria de la manipulación se muestren interesados en el bienestar de los cubanos, su hipocresía acaba afectándonos.

Es un deber histórico para los revolucionarios cerrarles el paso. Como dijo Martí: «El vanidoso mira a su nombre; y el hombre honrado a la Patria». Y es por Cuba que ganaremos.

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